¿por qué es importante el jurisconsulto gayo?

¿por qué es importante el jurisconsulto gayo?

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Cayo (/ˈɡeɪəs/; fl. 130-180 d.C.) fue un célebre jurista romano[1] Los estudiosos saben muy poco de su vida personal. Es imposible descubrir siquiera su nombre completo, siendo Cayo o Gaius simplemente su nombre personal (praenomen). Al igual que con su nombre, es difícil determinar la duración de su vida, pero se puede suponer que vivió desde el año 110 hasta, al menos, el 179 d.C., ya que escribió sobre la legislación aprobada en esa época.

De las pruebas internas de sus obras se puede deducir que floreció en los reinados de los emperadores Adriano, Antonino Pío, Marco Aurelio y Cómodo. Por tanto, sus obras fueron compuestas entre los años 130 y 180. Después de su muerte, sin embargo, sus escritos fueron reconocidos como de gran autoridad, y el emperador Teodosio II lo nombró en la Ley de Citas, junto con Papiniano, Ulpiano, Modestino y Pablo, como uno de los cinco juristas cuyas opiniones debían ser seguidas por los funcionarios judiciales al decidir los casos. Las obras de estos juristas se convirtieron así en las fuentes más importantes del derecho romano.

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Para justificar el carácter de este ensayo introductorio es necesario decir unas palabras sobre la intención con la que está escrito. El lector debe considerarlo principalmente a la luz de una introducción a las Institutas de Gayo, no a la luz de un esbozo desinteresado de la historia del Derecho Romano. Si hubiera pretendido tener este último carácter, tanto algunas de sus omisiones como algunas de sus inclusiones serían totalmente injustificables. La más notable de las omisiones es el descuido de dar un tratamiento adecuado a la etapa del Derecho Romano que no cede ante ninguna otra en importancia: la etapa en la que pasa de la esfera religiosa a la secular, del Fas al Jus. Una de las principales cuestiones que agitan, o deberían agitar, a los estudiosos del Derecho Romano en la actualidad, es la del período en que se efectuó esta transición. Porque, si es cierto que el derecho romano conservó su carácter sacerdotal y sus sanciones religiosas hasta un período tardío de la República1 , entonces la historia tradicional de las Doce Tablas es una improbabilidad, y el relato que hacen Cicerón y otros escritores de la legislación y el procedimiento de la Monarquía y la República temprana es un anacronismo. Sin embargo, el estudiante de Gayo no está muy interesado en esta cuestión histórica de gran alcance; y me he contentado con declarar mi adhesión general a la opinión tradicional sin intentar justificarla con pruebas.

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El origen entre los romanos de un cuerpo de hombres, que eran expositores de la ley, puede referirse a la separación del Jus Civile del Jus Pontificium. [Tal cuerpo existía ciertamente antes de la época de Cicerón, y las personas que profesaban la exposición de la ley eran llamadas por los diversos nombres de jurisperiti, jurisconsulti, o consulti simplemente. También se les designaba con otros nombres, como jurisprudentes, prudentiores, peritiores y juris auctores. La palabra que utiliza Plutarco es νομοδείκτης

(De Or. I.48), es, “una persona que tiene tal conocimiento de las leyes (leges) y costumbres (consuetudo) que prevalecen en un estado como para poder aconsejar (respondendum), actuar (agendum), y asegurar a una persona en sus tratos (cavendum): Sextus Aelius Catus [Jus Aelianum], M′. Manilius, y P. Mucius son ejemplos”. En la oración Pro Murena, Cicerón utiliza “scribere” en lugar de “agere”. La actividad de los primeros jurisconsultos consistía en asesorar y actuar en nombre de sus clientes (consultores) de forma gratuita. Daban sus consejos o respuestas (responsa) bien en lugares públicos a los que acudían a determinadas horas, bien en sus propias casas

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Los antiguos llamaban a sus jurisconsultos sabios y filósofos , porque la filosofía incorpora los primeros principios del derecho, y porque su objeto es evitar que hagamos lo que está en contra de las leyes de la naturaleza: la filosofía y la jurisprudencia tienen ambas como objetivo el amor y la práctica de la justicia. Además, Casiodoro da a la filosofía la misma definición que las leyes nos dan de la jurisprudencia. “Philosophia”, dice en su libro sobre la Dialéctica, “est divinarum humanarumque rerum, in quantum homini possibile est, probabilis sententia. ” [es la divinidad en la condición humana, en la medida en que es posible para el hombre]. Pitágoras, Draco, Solón, Licurgo y varios otros sólo llegaron a ser legisladores de Grecia porque eran filósofos.

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Sin embargo, no todos los jurisconsultos son legisladores: algunos que formaban parte del gobierno de una nación hacían leyes para que sirvieran de normas, otros se aplicaban únicamente al conocimiento de las leyes que ya estaban establecidas.

De ello se desprende lo difícil que es llegar a merecer este título; sin embargo, tenemos varios autores que se han dado este nombre, como Dumoulin, que adoptó el título de jurisconsulto de Francia y de Germania y que lo merecía sin duda. Pero no es conveniente que asuman el papel de jurisconsulto quienes tienen algún conocimiento del derecho, el público ilustrado debe conferir este título a quienes juzgue dignos de él.

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